Historia del Edificio del Teatro Colón

El Colón: historia de una gran iniciativa

El Teatro Colón de Buenos Aires es uno de los mayores y mejores teatros de ópera del mundo, principalmente por su excepcional calidad acústica, pero también por su notable valor arquitectónico, por su funcionalidad para la representación y ejecución de las obras artísticas teatrales y musicales, por la jerarquía, hospitalidad y comodidad de su Sala y por la belleza de su diseño, especialmente en los interiores como la Sala, los Salones y el Foyer.

El edificio está ubicado en la zona céntrica, dentro de la traza fundacional de la ciudad, que data de 1580. Está emplazado frente a Plaza Lavalle, a una cuadra del Palacio de Justicia (sede de la Suprema Corte de la Nación). La entrada de honor se produce desde la calle Libertad 611 (34º36’04’’ S – 58º23’01’’ O). El edificio histórico ocupa un terreno aislado, lo que garantiza excelentes perspectivas urbanas y facilidad de acceso.

El Teatro Colón pertenece a la Ciudad y su creación se debe a una iniciativa del Intendente Torcuato de Alvear. La idea surgió en 1886 y en 1889 se realizó una licitación pública para su construcción, en la cual triunfó la propuesta del músico y empresario de ópera italiano residente en Argentina, Angelo Ferrari (1835-1897), quien acompañó su oferta con un proyecto del arquitecto e ingeniero italiano Francesco Tamburini (1846-1890). Ferrari poseía una larga y acreditada experiencia empresarial en Buenos Aires y en Italia, y Tamburini, garibaldino residente en Buenos Aires, quien se había graduado en Bolonia y había sido Profesor en Urbino, Pisa y en Roma, tenía una sólida formación artística y técnica. El proyecto era notablemente adecuado y magnífico.

En 1890 falleció Tamburini, cuando la construcción apenas llegaba al primer nivel, y se hizo cargo de la continuación su colaborador, el arquitecto italiano Vittorio Meano (1860-1904), formado en Turín. En 1892 Meano introdujo cambios sensibles en el proyecto y continuó dirigiendo la obra, de lenta ejecución, hasta su muerte. Entonces asumió la dirección el arquitecto belga Jules Dormal (1846-1924), a quien se deben principalmente las terminaciones interiores de refinada calidad y rica ornamentación.

El Teatro Colón fue inaugurado, sin estar totalmente terminado, el 25 de mayo de 1908. Dos años después, para la celebración del Centenario de la Argentina, el edificio tenía ya completa la mayor parte de sus detalles. Posteriormente, en 1925 y en 1932, se agregaron mejoras importantes. Entre 1935 y 1938 se hizo la primera gran ampliación subterránea, y la segunda se realizó entre 1968 y 1972, conformando un conjunto edilicio de gran tamaño y complejidad.

Un edificio de alta tecnología

Tan importante es el Colón para Buenos Aires que su historia y sus virtudes han sido descriptas y ponderadas infinidad de veces. Existe una respetable cantidad de libros que cuentan la vida artística del Teatro, y plumas tan autorizadas como la del arquitecto Alberto Bellucci han resaltado con generosidad sus méritos arquitectónicos. Sin embargo, desde el punto de vista edilicio, el Colón es un edificio mucho más grande, complejo e interesante de lo que razonablemente puede anotarse, sin fatigar al lector, en un texto dirigido a un público sensible al arte y entendido en ópera y música.

Y es justamente esa complejidad la que exigió una investigación minuciosa, mucho más allá de la necesaria para describir acertadamente el edificio y hacerle justicia a su belleza. Esta historia complementaria y extensa es la que ahora sirve para intervenir físicamente en el edificio, cuidando que sus valores como la acústica, la calidad constructiva y la armonía estética sean adecuadamente reconocidos, precisados y preservados.

Así, el Colón no es sólo la obra de tres arquitectos de excelente inspiración y acertada actuación. Un edificio de su tamaño y envergadura técnica, nunca hubiera sido construido sin el concurso de una gran cantidad de profesionales de alto nivel, sin las empresas fabricantes, proveedoras y constructoras adecuadas y sin los artistas pintores, escultores, artesanos y obreros que han hecho del Colón una verdadera obra de arte integral.

El legajo histórico del Teatro Colón incluye necesariamente el análisis del aporte sustancial a la obra realizada por profesionales como Domingo Selva –ingeniero y pionero argentino en materia de complejas estructuras resistentes-, Carlos Maschwitz (ingeniero responsable del sistema de calefacción), el ingeniero electricista Jorge Newbery (famoso como precursor de la aviación argentina, pero menos conocido por su actuación como discípulo directo de Edison, Director de Alumbrado de Buenos Aires, y especialista decisivo en el diseño eléctrico del Colón), José María Calaza (el erudito Director de Bomberos de la ciudad, que fue jurado, asesor y supervisor de los sistemas contra incendio de toda la obra del Colón, entre 1889 y 1908. Esta actuación técnica quedó registrada en uno de los tres tomos que publicó sobre seguridad en teatros) y escultores como Luigi Trinchero (autor de una cantidad de ornamentos artísticos y esculturas del edificio), pintores como Marcel Jambon (proveedor parisino de escenografías y decorados para muchos de los principales teatros de ópera del mundo en su tiempo), y empresarios como Italo Armellini y Francesco Saverio Pellizzari (a quienes se debe en gran medida la eficacia y calidad de ejecución con que el Colón se convirtió en el magnífico teatro inaugurado en 1908, en un edificio que testimonia la alta tecnología de su época).